Eduard Roschmann y el poder de la ficción

Un buen día del verano de 1972 se presentó en el despacho vienés de Simon Wiesenthal un tal Frederick Forsyth para pedirle ayuda. Forsyth estaba escribiendo una novela sobre un criminal nazi fugitivo y quería dotar de verosimilitud a su texto. Wiesenthal se muestra al principio reticente a involucrarse en un proyecto así, pero tras leer la sinopsis de la historia, decide ayudar a Forsyth. Con una condición: que su criminal de ficción fuera de carne y hueso. Eduard Roschmann, el Carnicero de Riga. La intención de Wiesenthal no es otra que dar visibilidad a Roschmann y procurar su captura.

Por supuesto, Forsyth acepta. Wiesenthal lo anima a incluir una escena inventada para que Roschmann se vuelva impopular incluso entre su propia gente, los fugitivos nazis. En esa escena, Roschmann asesina por la espalda a un oficial alemán condecorado para poder huir. (Hay que decir que Roschmann ya gozaba de cierta impopularidad entre sus camaradas por ser bígamo, pero esa es otra historia).

Roschmann había nacido en Graz en el año 1908. Desde bien pronto simpatizó con los nazis, pero su primer cargo importante fue el de comandante del Ghetto de Riga, donde fueron asesinadas más de 3.500 personas, y deportadas a Auschwitz y otros campos varios miles más. Es también uno de los responsables de la Masacre de Dünamünde, perpetrada en 1942 en Letonia. Wiesenthal le imputa, en total, la muerte de 35.000 personas. No obstante, al acabar la guerra, Roschmann vuelve a Graz como si nada hubiera pasado. En 1947 la policía austríaca le detiene, no por genocidio, (¡por favor!), sino por pertenecer a una organización neonazi llamada SORBE (que ya es tener ganas de liarla). Wiesenthal se entera y se las apaña para que los aliados soliciten su entrega. A Roschmann se le empiezan a poner de corbata cuando le detienen los ingleses y lo suben a un tren con destino Salzburgo, con la idea de internarlo en Dachau, que por aquel entonces servía para alojar a chacales como Roschmann.

En los trenes antiguos estaba prohibido defecar en las paradas, ya que no disponían de depósitos para almacenar las “aguas fecales” y las vertían sobre la vía. No obstante, en una de las paradas, Roschmann pidió a sus captores ir al servicio y se escapó por la ventana. Luego siguió la tradicional ruta de las ratas: la frontera con Italia, Génova, Roma y de ahí a Argentina. Por lo visto, el Obispo austríaco Alois Hudal colaboró en esta huida y en algunas más, como la de Mengele entre otras.

El libro de Forsyth (“The Odessa File”) fue un gran éxito y se tradujo a varios idiomas, entre ellos el alemán y el español. En 1974 se estrenó la versión cinematográfica del libro. En realidad era una adaptación bastante libre de la novela, pero mantenía los aspectos clave de ésta. Salvo el final. [Alerta Spoiler] En la novela, tras diversas vicisitudes, Roschmann acaba huyendo a Argentina, mientras que en la película, el protagonista, encarnado por Jon Voight, se carga a Roschmann. Wiesenthal trató de que no hubiera final feliz en la película, pero la productora (Columbia, si no recuerdo mal) no le hizo caso por razones exclusivamente comerciales [fin Spoiler]. Como anécdota, a Wiesenthal le ofrecieron interpretarse a si mismo en una escena en la que ayuda al protagonista en su pesquisa de Roschmann. Otra peculiaridad fue que muchas de las pistas que recibía Wiesenthal de Roschmann tras el estreno de la película, en realidad eran de Maximilian Schell, el actor que le interpreta en la película (y que no se parece nada a Roschmann). Aún así, Wiesenthal había conseguido su objetivo de dar publicidad a la búsqueda de Roschmann, y además logró que fueran los propios alemanes quienes le traicionaran.

En 1977, la policía argentina recibió un chivatazo y detuvieron a Roschmann. Era uno de julio. Hay que decir que solamente su detención implica que estaba absolutamente abandonado por sus compañeros de armas. No digamos ya el hecho de que Argenina estuviera dispuesto a mandarle a Alemania sin un convenio de extradición entre ambos países. Alemania solicitó su extradición, y Argentina empezó a tramitarla. En el intermedio, debió de cundir el pánico ante lo que era a todas luces un precedente, y Roschmann fue liberado el cinco de julio. No obstante, tenía que irse de la Argentina de inmediato. Roschmann se largó a Asunción (Paraguay) donde falleció de su segundo infarto en un mes. Era once de agosto. Un superviviente de Riga lo identificó y luego sus huellas dactilares fueron remitidas a Wiesenthal para que las comparara con las que le tomaron en 1947. Coincidían. Caso cerrado.

Bibliografía: S. Wiesenthal, “Justicia, no venganza”, pag. 125-132, 1989, Ediciones B.
Las fotos las he tomado de la Wikipedia.

PD: los comentarios pronazis o filonazis serán borrados.

2 comentarios to “Eduard Roschmann y el poder de la ficción”

  1. Miguel Says:

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  2. ODESSA, de Ronald Neame (1974) « cineparasimples Says:

    […] del campo de concentración nazi de Riga. En él halla un relato sobre los crímenes cometidos por Eduard Roschmann, comandante de las SS en dicho campo de exterminio. Roschmann desapareció tras la guerra, evitando […]

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